Un ruido enceguecedor se me incrusta hasta la médula, vacilante viene y va en un incesante, incómodo y desquiciante repicar que me adormece hasta los dientes.
Me encuentro esperando la madrugada que me aniquile, mientras divago sin poder hacer alianza con el sueño.
Cierro los párpados. Es inútil, la ausencia inunda la habitación y no me deja respirar si quiera.
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